Imagen principal
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Antecedentes históricos
Esta iglesia es una obra de grandes dimensiones, consideración que se afianza en la medida en que se observe la altura promedio de la mayor parte de las construcciones en el área de Ameca.
Las perspectivas hacia el volumen del templo y desde luego la fachada principal del complejo arquitectónico forman sus apariencias más distinguidas y notables: las dos torres de los
campanarios complementan el también formidable macizo del volumen que cierra el muro de la portada.
La fachada de la iglesia, en efecto, es su rasgo más interesante y está compuesta por el muro de la portada y desde luego por las torres que contienen los campanarios. La portada es de una sencillez que contrasta con el resto de la composición pues fue limitada a contener un arco de medio punto que señala el acceso al templo y al que flanquean dos pilastras mínimas que soportan un entablamento rematado por un frontón triangular roto; el arco y su diseño complementario están rodeados por cinco vanos también muy sencillos que corresponden a las capillas en los pies de los cubos, las inferiores, y a las escaleras de las torres y al coro, las superiores. La portada lleva también un pretil discreto al que interrumpe el volumen que aloja al reloj que igualmente es característico de esta clase de obras y de los años de contacto entre los siglos XIX y XX.
El reloj es el único elemento que lleva ornamentación en la parte alta de la portada: ello crea un vínculo sutil pero sólido entre los dos componentes principales de la fachada, es decir, entre la portada y los cuerpos de las torres. Estos volúmenes verticales son iguales entre sí; son de plantas cuadradas, de tres cuerpos y remate, elementos compuestos todos con el auxilio de los
vanos para las campanas y de pares de columnas medias muestras adosadas tanto para flanquear los arcos de las campanas como para señalar los cambios de paño que forman las esquinas.
Las diferencias entre los cuerpos están subrayadas por los entablamentos que, sucesivamente, apoyan a las columnas al tiempo de crear los claroscuros necesarios en piezas arquitectónicas de sus dimensiones. Los tres entablamentos son distintos si bien cumplen las mismas funciones: con ellos se buscó, sin duda, destacar las calidades simbólicas de una decoración sujeta a los lineamientos de una interpretación del neoclásico a la manera popular del centro de Jalisco.
Los remates de las torres son productos de las influencias que ejercieron -y quizá sigan haciéndolo- las torres de la Catedral de Guadalajara, un edificio que, vale recordarlo, está presente en una formidable cantidad de sitios en Jalisco y en general en toda la costa del Pacífico desde Michoacán hacia el norte. Las torres terminan, además, en cruces que se apoyan sobre
representaciones de un ave que facilitan la evocación del Espíritu Santo.
Las fachadas laterales son solamente paramentos que no aspiran a transmitir mensajes ni a aportar soluciones más allá de las estrictamente necesarias como representantes de los sistemas constructivos: son muros continuos en los que sólo se abren algunos vanos, o, mejor dicho, los que corresponden a las necesidades de iluminación natural que demanda cada uno de los tramos en que se dividió la composición estructural del espacio interior del templo.
La nave, es decir, el espacio interior del conjunto dedicado a alojar a los fieles de la iglesia, se alza sobre el esquema de una cruz latina, con coro en la nave principal, crucero, brazos y presbiterio cubiertos por bóvedas de arista y por una cúpula de trazo circular a la que completan un tambor y una interpretación popular de un capulín.
El espacio de culto está dominado por la luz que penetra por las ventanas del tambor de la cúpula, de cierto modo por la aparente amplitud del recinto Y, sobre todo, por el arreglo a modo de retablo de rasgos neoclásicos que ocupa el presbiterio y la mayor parte del muro testero del edificio.
Los tramos, y las bóvedas, del conjunto están señalados por pilastras adosadas de sección cuadrada que, además, reciben las cargas de un entablamento que recorre todos los muros en sus
lados interiores; hay un paso de gato resuelto con barandales que sólo se interrumpe, y termina, en las cercanías del muro testero, justo para dejar su lugar a la extensión lateral del retablo.
Si bien es difícil hablar de un retablo a la manera tradicional, es un hecho que el presbiterio y las cargas simbólicas del templo están apoyadas por un objeto de cantera de colores muy claros compuesto por tres calles y un solo cuerpo y remate. En el primer cuerpo destaca, desde luego, la pintura que recuerda a Nuestra Señora de Guadalupe, a quien flanquean las figuras del Sagrado Corazón y de San José. El lienzo es una obra de buena calidad y las dos esculturas mencionadas, como otras situadas en varios ámbitos del templo, proceden de la imaginería popular de la transición entre los siglos XIX y XX.
Pares de columnas definen las calles del cuerpo del retablo y las cuatro centrales soportan un entablamento que incluye un frontón triangular roto sobre el que se levanta, a su vez, un crucifijo
al que flanquean otros dos pares de columnas y un entablamento en dos paños que simula el volumen de un frontón a la manera clásica. La predela del retablo y la parte alta del muro, es decir,
el tímpano del testero, son ejemplos de sobriedad.
Las áreas de culto están integradas, además, por las capillas en las bases de los cubos de las torres, una capilla penitencial en el costado poniente en el costado poniente y una capilla adicional,
la consagrada a la reserva del Santísimo, en frente del brazo oriente del crucero y desde luego en el eje de simetría con el volumen de la sacristía que se halla en ese mismo sitio pero del otro
lado del templo.
El coro que se encuentra al pie de la nave está soportado por dos pilares y tres arcos de medio punto sobre cuyas claves corre un discreto entablamento que, más arriba, también da soporte a un barandal de madera que simula las formas y aún las dimensiones de una balaustrada. Ese espacio no tiene órgano sino sólo un armonio popular de mínimas dimensiones y capacidades.
La gran iglesia que da nombre también a un barrio es una obra de la mayor importancia en la comprensión de las perspectivas y las disposiciones urbanas de Ameca, localidad cuyas casas apenas si rebasan los dos niveles de altura, lo que subraya la importancia visual del templo.
La obra fue iniciada en 1875 y no se sabe en qué momento fue terminada, circunstancia que no es del todo inusual toda vez que las creaciones populares de este género finalmente proceden de periodos de labores largos o por lo menos acordes a las capacidades financieras y de acción de las comunidades. Consta, a cambio, que fue dedicada en 1936 y luego consagrada en 1978.
Este templo, del que se supone que comenzó siendo una capilla del barrio de su nombre, mudó a ser un santuario, circunstancia que desde luego fue buscada para honrar de la mejor manera a Su titular, desde luego una figura central en el panorama religioso y social del país.
Orden religiosa (original)
Diocesano
Grupo religioso fundador
Advocación
San Vicente Ferrer
Estado, Municipio, Localidad
Estado Municipio Localidad (Original)
Jalisco, Ameca, Ameca
Tipo de vialidad o calle
calle
Nombre de la vialidad o calle
Santuario
Número y/o identificador de la vialidad o calle
sin número
Tipo de asentamiento humano
colonia
Nombre del tipo de asentamiento humano o colonia
N/A
Código Postal
N/A
Otra localización
N/A
Planta arquitectónica (original)
Cruz Latina Capillas Anexas
Planta arquitectónica
Categoría arquitectónica
Tipo de propiedad
pública
Uso inicial del inmueble
culto público
Tipo de uso del inmueble
Uso actual del inmueble
Responsable del levantamiento del inmueble
Fecha del levantamiento del inmueble
1 diciembre, 2008





